Prisioneras liberadas

Marina viaja feliz en tren a Ezeiza. Está por dar su primera clase. Nada es como lo había imaginado. No había estudiado largos años, y su público, los estudiantes, son personas privadas de su libertad. Tiene motivos para estar nerviosa, pero se siente tranquila, porque está junto a Milagros, que parece siempre saber que hacer. Ella la invitó a acompañarla en sus clases de arte del Penal. Lo que suele hacer Marina, pintar los sueños como medio de visualización para alcanzarlos, encaja en el enfoque terapéutico que la artista plástica da a sus clases.

—Ponete fuerte querida, acá no está tu mamá para protegerte. —Mientras viajan en el tren, Milagros se preocupa por como se sentirá su compañera con lo que se van a encontrar.

—A mi mamá no la veo desde pequeña, no recuerdo ni su cara, así que despreocupate, que sé cuidarme sola.

—Bueno, pero tenés que saber que a las personas que están encerradas, les molestan las personas libres.

—¿Por qué crees que es eso?

—Cada uno moldea su vida. La figura que uno crea, su forma, su tamaño, el material de que está hecha, lo que representa, son todas decisiones que toma quien crea la obra. El resultado, es consecuencia de lo que hace el artista. Los que hacen pésimas obras, los malos escultores, suelen ser incapaces de reconocer su responsabilidad, y si lo hacen, siempre encuentran algo que los justifique. Es más fácil para ellos juzgar a los que tienen más capacidades, acusarlos de correr con ventajas, criticarlos, e incluso, culparlos de su mal obrar.

—¿Vos todo lo relacionas con el arte?

—Si, es lo que elijo para que sea el centro de mi vida, y, por ende, todo gira alrededor de eso. Pero me refiero a las prisioneras que vamos a ver hoy. Ellas han actuado de maneras que han causado su privación de la libertad. Es probable que miren con desagrado a quienes son libres, como nosotras, ya que somos la evidencia viva, de que podrían haber actuado de manera diferente. La culpa que sienten busca castigo, y como ya tienen demasiado ahí dentro, necesitan repartirlo por algún lado.

—Entiendo.

—Es como que vos me digas a mi ahora que te estoy mirando raro por ese lunar que tenés al costado de la cara.

—¿Qué tenés con mi lunar?

—Nada, pero si vos te sentís incómoda con tu lunar es tema tuyo, yo no tengo nada que ver.

—Pero yo no me siento incómoda con mi lunar. Es algo que me caracteriza.

—Es un ejemplo Marina, solo un ejemplo. —Se rieron, y continuaron el viaje hasta llegar a destino.

Sus libres formas de andar no encajan en la situación con que se encuentran al llegar a la entrada del Penal de Ezeiza. Desde las personas que están afuera para visitar, hasta los guardias y fuerzas de seguridad, las miraron raro. Todos muy rígidos, forzando sus caras de malos, envidian la libertad con que ellas sonríen y actúan con amabilidad. No necesitan aparentar ser monstruos, y eso ya es envidiable para quienes las observan con mirada despectiva. La excesiva cantidad de alambres electrificados, rejas, cámaras, y personas uniformadas, sostienen ese forzado mundo de encierro. De alguna u otra manera esas personas han elegido perder su libertad. Y ellas están ahí para hacerles sentir libres, al menos por un momento, donde puedan expresar su creatividad.

El olor a encierro, y a humedad, la falta de mantenimiento de las paredes blancas que hacen contraste con las rejas negras. Las manos sudan y la piel se siente como gallina. La incomodidad de desnudarse por una desconfiada revisión, típica de estos lugares, les provoca un sabor amargo. Las chicharras y las rejas que golpean al cerrar, acompañan el ruido bullicioso de las reclusas, que acosaba sus oídos. Sienten la necesidad de que el tiempo pase rápido, mientras ingresan al pabellón de mujeres. Al fin llegan, y encuentran mujeres en el aula esperándolas. Estás tenían atriles, acuarelas, y hojas, que ellas mismas habían conseguido.

—Buen día chicas, ¿Cómo están?

—Buen día —repiten cariñosamente, algunas agregando “profe”, otras su apodo.

—Bueno bienvenidas a la clase de arte. Como siempre me presento, por si hay alguna nueva en esta sala, mi nombre es María Angelica Balladares, más conocida como Milagros. Hoy me acompaña ella, Marina Duran, que les va a brindar un hermoso ejercicio de pintura.

Tras demorarse en tomar la palabra, un poco por quedarse mirando las peculiaridades de la situación, y otro por lo nerviosa que se siente, Marina continúa.

—Bueno, ¿Alguna de ustedes tiene un sueño? ¿Algo que quieran hacer o lograr? ¿Algo que las mantenga vivas?

—Volver a ver a mi hija —exclama una prisionera de grandes ojos marrones.

—Volver a mi casa y tener una vida normal —expresa otra.

—Volver a la bombonera —dice una futbolera.

—Salir de este lugar —agrega la que planea todos los días un escape diferente.

—Bueno, bueno, como ven, soñar y recordar tiene mucho que ver. Para creer que un sueño es posible, necesitamos un recuerdo que nos permita considerarnos capaz de lograrlo. Quiero que elijan un sueño, algo así como lo que acaban de decir. Quiero que busquen en su cabeza un recuerdo, que este relacionado, y les haga pensar que eso que sueñan es posible. Tomen los colores que necesiten, y pinten su sueño, háganlo realidad en esta hoja que tienen enfrente.

La mujer que respondió primero se abalanza, toma unos colores, una bandeja, y al sentarse comienza a llorar. Mientras sigue lagrimeando, se pone a pintar, con los dedos, porque no les permiten tener pinceles en la cárcel, por razones de seguridad.

Marina se acerca a ayudar a todas excepto a esa señora. No puede acercarse, algo la aleja y la hace sentir incómoda de solo verla. Milagros lo nota, y la acompaña con especial atención. Está al lado de ella cuando ve terminado el dibujo.  La mirada y las lágrimas de la señora son más expresivas que su pintura, y quien era la docente titular de la clase, logra entender lo que está pasando. La abraza, fuerte, por un largo tiempo. Hasta que Marina se acerca. Ella la ve, y suelta el contenedor abrazo, para hablarle.

—Hola querida, mi nombre es Marisa Benítez, ¿Te dice algo?

Queda callada, con los ojos marrones bien abiertos, y tras mirar el rostro de la mujer lagrimeando, mueve su cabeza para ver el cuadro. El dibujo de la reclusa muestra la situación en la que vive ahora. Está en la pintura, ella misma, pintando ese cuadro, y en el centro, una mujer con un lunar en la mejilla, ojos marrones, y su pelo hacia el costado.

Marina llora, se agarra la cara, y se desliza hacia el suelo hasta caer arrodillada. La mujer la abraza, toma su cabeza, y la pone en su hombro.

—Te felicito hija. Ya cumpliste el sueño de esta vieja. Estoy orgullosa de vos, y me hace feliz ver que seas libre. Me alegra que tengas el poder de hacer lo que te gusta.

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